La supervisión profesional de pacientes con DCA es de vital importancia

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Un caso clínico extremadamente extraño aconteció en el área de Oncología de la Clínica La Luz a principios de este año. “Se trataba de un paciente relativamente joven (63 años) que aproximadamente cuatro años antes al ingreso había tenido un tumor generalizado de células sanguíneas, un linfoma, del que se había curado completamente. Es tipo de tumor que cuando se cura no suele dar una recidiva. Se logra la total recuperación del paciente con un tratamiento de quimioterapia y otro de mantenimiento con un tipo de inmunosupresor trimestral para asegurar que se han limpiado todas las células y que no vuelva a ofrecer ningún tipo de complicación”, explica Rebeca Fernandez Rodríguez adjunta del servicio de Neurologia de la Clínica de La Luz.

“Un año desde de terminar con el último ciclo del tratamiento”, continúa Rebeca, “el paciente sufre unas lesiones cerebrales muy llamativas. El radiólogo de la clínica valoró la posibilidad de que se tratara de una recidiva a nivel cerebral, por lo que se le realizó una resonancia craneal para averiguar qué tipo de lesión sufría. Los resultados de la prueba manifestaron que no se trataba de un tumor sino de unas lesiones mucho más graves. El paciente presentaba un cuadro neurológico brutal, con una demencia muy aguda: dejó de hablar; de saber caminar o escribir; era incapaz de interpretar lo que veía…”. Es en este momento cuando la Clínica La Luz se puso en contacto con el Centro Lescer para solicitar la ayuda de una neuropsicóloga. “Le pedimos que nos ayudara a averiguar cual era el hemisferio cerebral que se estaba dañando. Con la ayuda de la neuropsicóloga de Lescer queríamos detectar cual era el hemisferio más activo en cuanto a la lesión y, de este modo, saber cuál se debía biopsiar. Sin embargo, observamos que la lesión no permitía hacer una biopsia porque su evolución era muy rápida, de un día para otro mostraba cambios profundos”.

“Por ese motivo”, explica Rebeca, “decidimos hacer una punción lumbar con el objetivo de obtener líquido cefalorraquídeo cuyo aspecto, a simple vista, ofrecía un aspecto normal. Sin embrago, cuando la microbióloga lo analizó en el laboratorio detectó algo anormal en las células”. No había mucho tiempo de reacción, por lo que “revisadas las complicaciones que puede dar el tratamiento quimioterápico de un linfoma, observamos que muchas veces esos procedimientos debilitan considerablemente el sistema inmunitario y que hay un tipo de virus que adquirimos de pequeños (poliomavirus) que muchas veces aparecen en pacientes sometidos a quimioterapia. Analizamos las muestras para ver si se trataba del Virus JC, pero el resultado nos dio negativo. Así que volvimos a revisar todos los análisis y detectamos que hay algunos casos -muy pocos, de hecho, en España- ­­­­­­­­que el causante de esta terrible lesión cerebral era un virus de la misma familia que el JC. Desgraciadamente, pudimos confirmar que se trataba del virus BK, que se viene diagnosticando desde hace solo un año que afecta al cerebro –no lo había hecho hasta ahora- y que no tiene tratamiento. Produce una inflamación severa cerebral y que provocó el fallecimiento del paciente”.

“Es un caso muy interesante porque es muy difícil de diagnosticar; es una complicación del tratamiento que se aplica para tratar el linfoma que no estaba descrita porque es un virus que nunca había afectado al cerebro. Sin embargo, de un tiempo a esta parte hemos detectado que si le está empezando a afectar. Es decir, el virus ha mutado y no estaba descrita esa mutación”.

“Muchos pacientes neurológicos”, continúa Rebeca, “por ejemplo los que sufren esclerosis múltiple, reciben tratamientos inmunosupresores parecidos a los que se ponen a las personas que padecen linfomas. En los protocolos establecidos para saber si a los afectados neurológicos se le puedes poner el tratamiento había que analizar en sangre si existía el virus JC pero no se incluía el del virus BK. Desde el desgraciado fallecimiento de este paciente ya es obligatorio comprobar la existencia del virus BK ya que tenemos constancia de que hay casos de esclerosis múltiple que se han complicado a causa de este virus”.

Este terrible y extraño caso nos ha evidenciado la necesidad del control diario y supervisión profesional de los pacientes con daño cerebral adquirido. Pero es de gran interés, también, para los pacientes y familiares de afectados que sufren tumores cerebrales intervenidos a los que no se ha podido extirpar del todo el tumor y están con tratamiento de quimioterapia para que no siga creciendo; para pacientes que han recibido radioterapia craneal –que para el mantenimiento se aplican este tipo de tratamientos de inmunosupresores trimestrales-; para los que padecen miastenia; el Síndrome de Guillain-Barré, etc.

Como explica Rebeca, “hay pacientes que empiezan la rehabilitación y luego empeoran sin que se sepa con certeza a qué se debe. Especialmente delicados son los casos de pacientes que están siendo tratados con inmunosupresores, como los que sufren de esclerosis múltiple. El hecho de que este tipo de personas estén atendidas a diario por profesionales (neuropsicólogos, fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales, rehabilitadores…) posibilita que éstos noten cualquier cambio por sutil que sea. Cuando tienes, como en Lescer, un grupo de rehabilitadores en contacto permanente con el paciente, que pueden detectar que no está evolucionando como debería, es de mucha ayuda porque enseguida lo advierten. Detectan hasta los empeoramientos más sutiles, aquellos que en una consulta rápida de hospital se nos pasan porque son muy difíciles de apreciar en tan poco tiempo. Si ese dictamen se traslada con celeridad al hospital y al paciente se le trata en etapas muy iniciales, se le puede someter a plasmaféresis, que no es otra cosa que limpiar toda la sangre del paciente para filtrar el virus, y de esa manera se le puede salvar la vida. En caso contrario, cuando el paciente llega al hospital con la enfermedad ya avanzada, no hay tratamiento posible”.

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